susurro de palabras delirantes para sentir en el alma
su fuego hechizante.
Había exigido de sus ojos
la mirada más vivaz
y cautivante,
para embriagarme
en su embrujo
de luna menguante.
Había exigido de su manos
la blanca tersura
de la flor de cardo,
para sentir que estoy viva
y al mismo tiempo
poder morir
en sus cálidas manos.
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